El niño al que le cagué la infancia

Papa NoelEn el recuerdo de mis navidades estará siempre la alegría de la familia en el hogar, las la sorpresa de los regalos y, sobre todo, la trágica historia del Papá Noel, cojo y tuerto, tratando de hacer pie por el barrio.

Como soy “el artista de la familia” parte de mis navidades es hacer de Papá Noel. La noche trágica del Santa Claus rengo empezó mejor que otras veces. Quizás la reprimenda clásica “Tomen toda la leche, miren que todo lo veo y todo lo sé” acompañada de “tengo más espías que la SIDE”; o el improvisado chiste “Sáquenle el vino al tío que tiene la nariz más roja que el reno Rodolfo” hicieron que todos empezaran a reírse y aplaudir. Envalentonado por las loas familiares, me lance a correr por el barrio.

Fue fantástico y caluroso ir a la carrera por las calles de la infancia. Estaba transpirado, como la espalda de taxista con asiento de cuero, pero reconfortado por los gritos “Papá Noel, Papá Noel” que llovían de los balcones

El disfraz navideño es polémico. Tela de juguete (brillosa y del once), almohadones para la panza,  cinturón de cuero dudoso y botas (que son una especie de bolsa que abraza el pie y se usa con las propias zapatillas debajo). A eso tenemos que sumar una careta de asesino en serie mal hecha, con barba de algodón y peluca canosa estilo Patti Smith. El verdadero milagro de la navidad es que los niños crean que eso es “Papá Noel”.

Mientras corría saludaba, como la reina Máxima, a los niños que asomaban por los edificios. Fue el rol protagónico más importante de mi carrera actoral. Yo corría y saludaba, corría y saludaba y escuchaba la felicidad de los niños. Mientras trotaba me imaginé a mi abuela masticando difícilmente un turrón y me reí.

Con tanto sudor en la frente, mi cara y la careta se empezaron a pegotear y los agujeritos para respirar ya se habían desviado de mi nariz. Quizás alucinando me pregunté ¿Por qué Papá Noel se viste así también en el hemisferio sur? ¿no le convendría usar una malla al pasear por Argentina? ¡Adivinen quienes son los colonizados!

Faltaba poco más de una cuadra para terminar la vuelta manzana, cuando sentí un leve retortijón en la panza. Otro día hablaremos del gasto innecesario de energía que implican tantas horas de cocina familiar para que la cena navideña sea tomates rellenos, ensalada rusa y vitel tone. Desde luego, la comida, el calor y el trote, estaban trayendo efectos adversos. Incluso me prohibí tirarme un pedo, porque entre tanto hermetismo podía ser fatal.

Llegando a casa, una familia empezó a saludarme y a gritarme con un poco más de fuerza que las demás. Como estaba cansado me di media vuelta, y sin dejar de correr, saludé “¡Jo, jo, jo, feliz navidad!”. Sin embargo, los gritos no cesaron.

El “chau, Papá Noel” se transformó en “Esperá, Papa Noel” y éste en un desesperado “¡flaco, aguantá!”. Miré para atrás y vi a un niño correr detrás de mí. Llevaba en su mano una especie de bolsa de consorcio negra y me acuerdo que pensé “esta careta es muy trucha, solo soporta la magia de lejos”.

El niño se acercó y me dijo “tomá Papá Noel… se te salió el pie”. Ahí me di cuenta que la falsa bota había quedado en el camino. Me la puse, lo saludé y me acerqué a darle un beso ante la tierna mirada de la madre que se había acercado a saludar.

De pronto, sin entender por qué, el nene empezó a llorar desconsolado. La madre lo tomó a upa. Yo no sabía qué hacer. La frenada repentina me provocó un poco más de transpiración y la careta se corrió tanto que además de respirar ya casi no podía ver.

El nene seguía llorando, la madre lo abrazaba y yo solo quería llegar a casa y sacarme el disfraz. “ Mamá ¿Qué tiene Papá Noel en el ojo?” preguntó el niño. Al advertir que además de rengo estaba tuerto, me lancé a correr nuevamente, y más rápido que nunca.

Navidad es felicidad. Se puede permitir alguna nostalgia por un abuelo muerto, pero en general es felicidad. Y si falta algo para ser felices, en navidad se compra. Todos los problemas del año se resuelven si hay Coca-Cola en la mesa y champán en la heladera. Incluso los padres, que no jugaron con sus hijos durante el año, compran desesperados el amor de los infantes con juguetes con los que tampoco jugarán el año próximo. Todos son felices, menos ese niño, al que le cagué la infancia.

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