El sueño de Don López

63b1aaa4-1126-4cff-95ad-704bae9338a3La neurociencia puede avanzar todo lo que quieran pero para mi es una mierda. Poco me importa si en un pasado la mujer recogía frutas y por eso ahora ve más colores, o si los hombres que eran nómades evolucionaron en un cerebro con mayor ubicación espacial. Yo soy de los que creen, como muchos,  que en lugar de estudiar esas cosas los científicos deberían creer en la magia y punto.

En la sobremesa de Pascua de 1998 comenzó la que seguramente sea la aventura familiar más osada. Estábamos todos un poco entonados por el lemoncello, cuando alguien tuvo la idea de que podíamos hacer una escapada familiar.

Mi tío Alberto propuso que el próximo feriado podíamos ir de camping, e hizo un gesto como de Rambo pelando una caña de bambú. A mi primo le entusiasmó la idea pero fue un paso más allá al proponer los bosques de Gesell.

– Para bosques hagamos unas vacaciones por el sur, ¿qué les parece Bariloche?- Preguntó mi vieja, que siempre prefirió la montaña a la playa… y que nunca le convenció del todo Villa Gesell.

La historia hubiera terminado ahí, como cualquier charla de borrachos. “Hagamos un viaje todos juntos” es el equivalente de las fiestas en familia al “que no se corte en Buenos Aires” de los viajes de egresados. El problema fue que después de delirar un rato tomó la palabra mi abuelo Casiano.

– ¿Y si me cumplen el sueño de que viajemos toda la familia a España? – pensó en voz alta el Gallego. Entonces, algo cambió en el ambiente.

Un año y muchos ahorros después, estábamos los trece bajando de un avión de British Airways en Barajas. Ni bien salimos del aeropuerto alquilamos un auto y una trafic. Mamá, papá, hermanos, tía, tío, primos, abuelo y abuela, recorrimos suelo español reviviendo anécdotas de guerra de mi abuelo.

Cada ruta tenía una historia: una granada que le explotó en el pie, un amigo que se murió en sus brazos, una carta que nunca llegó a destino. No nos importaba la veracidad de los relatos, porque si no eran ciertos merecían serlo.

El abuelo nos había convencido a todos de viajar a España y, solo por eso, ya era un héroe, ¿Que problema hay con agrandar esta historia con relatos épicos?

A mediados de 1999 los navegadores de GPS no existían en los teléfonos móviles, básicamente, porque casi no existían teléfonos móviles. Antes del viaje, mi papá y mi tío habían marcado con fibrón rojo las rutas. Una vez en la ciudad no hizo falta ver el mapa porque el abuelo tomó la posta de las indicaciones.

¿Cómo es que el cerebro de una persona puede mantener dormida una información durante setenta años y recuperarla con tanta precisión? Capaz haya una respuesta desde la ciencia, pero no me interesa.  Don López no solo nos llevó por la ciudad de Lugo sino que tuvo precisión de satélite para andar por las montañas del pequeño pueblo Vilares.

“Acá traíamos a las cabras a tomar agua. Ésta era mi barbería.  Acá, una vez, se perdió mi primo” A diferencia de las historias de guerra, cuando mi abuelo relataba  estas anécdotas dejaba la mirada perdida en algún punto arriba a la derecha. Cuando terminaba el relato, hacía que sí con la cabeza con los ojos cerrados.

Llegamos a destino guiados por don López. Bajamos de los autos frente a la casa de piedra donde había vivido. Casiano estaba algo nervioso y nosotros no sabíamos cómo podía reaccionar a tanta emoción. Yo me acerqué y le tomé la mano que le temblaba más que lo habitual para un enfermo de Parkinson.

– Hace setenta años que me fui de ésta casa, Juaco. Tengo miedo de que no me reconozcan – Me comentó al oído en voz muy baja.

En la puerta aplaudimos una vez, a modo de timbrazo. Sentí que la mano de mi abuelo estaba transpirando. Repetimos los aplausos por segunda vez, y fue la vencida porque un viejito de chaleco y boina se asomó por la ventana.

– ¡Meu Deus! – gritó el viejo y pasaron cuatro segundos eternos hasta que lo volvimos a ver, pero esta vez saliendo por la puerta.

-Ese es mi primo- comentó en secreto Casiano.

Con la frialdad de un laboratorio se puede mirar la escena y sacar conclusiones médicas, pero a nadie debería importarle la neurociencia en situaciones así. Setenta años habían pasado desde que Casiano y su primo se habían visto por última vez.  

-¡¡Casianín, Casianín!!- gritó el primo. Y entonces mi abuelo y él se fundieron en un abrazo de niños. 

Unos días después, ya reunidos en la fiesta de San Lorenzo (que el pueblo volvió a organizar después de veinte años para recibir a mi abuelo) vi a Casiano tomar de la bota sin que le temblaran las manos; descubrí que don López podía hablar Gallego, aunque no lo hubiera hablado por años; y toda la lógica se fue al carajo cuando vi que dejaba el bastón en la casa y que se anotaba con sus amigos a jugar el torneo de fútbol.

Me parece muy bien que muchos señores estudien cómo curar el cáncer, pero no se metan con la magia.  A la gran mayoría de nosotros nos chupa un huevo qué es esa cosa que se activa en el cerebro cuando volvés a tu lugar en el mundo. De algo estamos seguros, eso está mucho más cerca del arte, que de la ciencia.

 

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