La familia Polgar

checkmate-1511866_960_720Nunca me interesó el ajedrez pero toda la vida quise ser un gran jugador. Siempre me pareció que a la hora de levantarme una mina decir “soy jugador de ajedrez” era mucho más seductor que confesarle que las mañanas de los sábados las destinaba a embarrarme revolcándome por el pasto para atajar centros en un campito de fútbol.

Es cierto que a la hora de la seducción femenina tiende a ser más oportuno indicar que uno realiza actividades físicas a que uno juega juegos de mesa, pero con el ajedrez es diferente. Es tan difícil de jugar que algunos, que no se levantan de su silla ni para ir al baño, lo elevan a la categoría de deporte.

Hace unos días estaba pensando cómo desarrollar esa idea en un cuento cuando me topé en una revista con la historia de la familia Polgar y el método de su padre para crear a las mejores jugadoras de ajedrez de la historia. Y como la realidad supera cualquier ficción, aquí va mi relato, en forma de cuento.

Cuando Laszlo Polgar nació hacía un año que había terminado la segunda guerra mundial y el mundo empezaba a cambiar para siempre. Mientras Hungría pasaba de ser la Segunda República para convertirse en la República Popular, el niño Laszlo recorría sus calles con lo que sería la gran obsesión de su vida: Los niños genios y los secretos de la inteligencia.

Con el paso de los años Polgar se dedicó a estudiar minuciosamente la vida y biografías de grandes pensadores y genios de la historia. Después de horas de lectura e investigación descubrió que el estudio y el método desde temprana edad era una constante que atravesaba a todas las grandes personalidades de la historia. Entonces, desde la primera juventud, se convenció de que “los genios se hacen”.

Una vez esgrimida su hipótesis, solo le faltaba ponerla a prueba. Por eso, cuando nacieron sus hijas no dudó en educarlas en su casa y bajo su propio método.

¿Será verdad la hipótesis de Laszlo? ¿Los genios pueden ser creados? ¿Es eso moralmente correcto?

Durante las primeras horas de la mañana luego del desayuno, el salón de la pequeña casa de los Polgar en Budapest se convertía en una improvisada aula. Todavía se sentía el olor a café cuando Susan, Sofía y Judith estudiaban junto a la chimenea miles de partidas de ajedrez de los grandes maestros. Cerca de las once de la mañana la familia se tomaba un breve descanso y luego se dedicaban hasta el almuerzo a las matemáticas a un nivel avanzadísimo.

Después del almuerzo, dependiendo el día de la semana, su madre y su padre les enseñaban idioma. Clara Polgar les enseñaba alemán los lunes, ruso los miércoles e inglés los viernes. Mientras que Laszlo martes y jueves les daba clases de esperanto. Luego de la clase de idioma, hasta la 20 horas, mientras otros chicos de su edad jugaban a las bolitas en la calle, las hermanas Polgar volvían a la práctica del ajedrez.

El método del pedagogo y su experimento era conocido por los familiares y vecinos que seguían recomendando a Laszlo la educación tradicional en las escuelas. Sin embargo, cuando Susan Polgar, con sólo 12 años, ganó el campeonato del mundo sub 16 para chicas, las autoridades de Hungría centraron sus esfuerzos para escolarizar a las niñas.

El polémico método empezó a traer pronto resultados deportivos incontrastables: con 15 años Susan ya era la mujer con mayor ránking del mundo. Sofia, la segunda hija, ganó un torneo internacional en Roma con 14 años. Y Judith con 10 y 11 años derrotó a Dolfi Drimer y Lev Gutman, respectivamente.

En las olimpíadas de Tesalónica, en 1988, Hungría ganó el oro con un equipo dominado por las tres hermanas Polgar (dos de ellas aún niñas). Derrotaron en las instancias finales a las, hasta entonces, invencibles soviéticas.  Así, los medios del mundo se empezaron a preguntar por Lazlo y el método Polgar. Se preguntaban si el húngaro estaba en sus cabales, si era bueno eso para las niñas, si ellas disfrutaban del juego o era impuesto por sus padres. Las preguntas pueden ampliarse, incluso a reflexiones pedagógicas y morales que a la familia Polgar nunca les interesó responder.

Si bien Susan y Sofía habían alcanzado niveles altísimos del desarrollo del ajedrez, sin lugar a dudas las grandes hazañas llegaron de la mano de Judith. En 1990, la más pequeña de los Polgar, quedó tercera en el torneo de Delhi y se proclamó campeona del mundo infantil. Al año siguiente, con sólo 15 años, fue campeona absoluta de Hungría y se conviertió en la gran maestra más joven de todos los tiempos, superando a Bobby Fischer. Pero no se detuvo ahí, a los 17 años Judith venció al legendario Boris Sparssky y en 1994 ganó el torneo de Madrid invicta.

Los logros deportivos siguieron tanto como las alertas de los mayores pedagogos del mundo entero. Judith se convirtió en la única mujer que superó la barrera de los 2700 puntos en el Ranking Elo, siendo la ocatava jugadora de la historia con el ranking más alto. Entre 1989 y marzo del 2015 fue la número 1 del ajedrez de mujeres.

Algunos, al día de hoy siguen sosteniendo que no es sano para los niños hacerlos llevar ese ritmo de vida y la escolarización en su propia casa, otros, sostienen que efectivamente el método funciona porque ha logrado ubicar a las tres niñas en lo más alto de la historia del ajedrez.

Seguramente nunca lleguemos a una respuesta concreta a las preguntas morales que se abren ante el caso Polgar. Sin embargo, que ninguna de las Polgar haya elegido el método de su padre para educar a sus propios hijos, quizás sea más que simbólico. ¿Ustedes que piensan?

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2 comentarios sobre “La familia Polgar

  1. A veces se nos plantea de dudosa moralidad el no dejar que los niños sean niños y disfruten su niñez. Muchos padres se obsesionan en volcar sus pasiones frustradas en sus hijos como forma de recuperar el tiempo que a ellos se les fue. Lo triste es ver que la mayoría de esos niños tarde o temprano terminan eligiendo su propio camino, tal y como debió de ser en un principio.

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